Las cosas.
¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Las cosas. Jorge Luis Borges.
Lo primero fue el foco.
A las cuatro y treinta de la mañana, una luz
averiada resulta apabullante.
Así cualquier día, parece un mal día.
Por la noche, el coraje y un mosquito me arruinaron
un sueño con La Plazuela.
Y eso me lleva a que la puerta del baño tenía
el seguro puesto por dentro
¿Dónde estará la maldita llave de la puerta? ¿Alguna
vez he visto la maldita llave de la puerta?
No pienso mucho en el tiempo en el que fui un chico
al que le gustaba robar; pero sí que lo fui.
Consigo abrir la puerta con un cuchillo de mantequilla
y ya he perdido treinta minutos.
Me siento desentrenado, hasta para barrer el polvo
que hay en el piso.
Y abierta la puerta del baño, me siento a
intentar defecar.
No tengo ganas; pero si no lo hago ahora no lo
haré en todo el día.
Ya es mucho con que tantos sean tantos, como para que también mis movimientos intestinales vayan a su puta bola.
Apurarme es empezar a pensar -sin compasión, en
lo absurdo y patético que he llegado a ser, más allá de mis propias miserias.
El móvil se apagó, es verdad que esas mierdas
necesitan ser recargadas.
Qué fuerte es la peste del viejo truco del “mínimo
esfuerzo”.
No lo voy a lograr, aquí no hay nada que hacer.
Además, se me ha entumido la pierna izquierda,
tengo temblores involuntarios en el pulgar de la mano derecha y me pongo de pie;
pero me golpeo la cabeza con la cejilla baja del techo del baño.
Ni siquiera sé qué hora es.
En lo que carga el teléfono móvil, busco mi
reloj de pulsera.
No está por ningún lado.
Bueno -me digo- podría ser peor.
Vuelvo a tomar impulso y empiezo a lavarme los
dientes, me descubro ¿un herpes? ¿un grano? ¿un corte? En la comisura de la
boca.
Bueno -me digo- podría ser peor.
Y pongo algo de música; pero la canción que transmiten
en la radio es nuestra canción de bodas y el teléfono ahora enciende y los mensajes
que leo es que ella está por ahí, ocupada en sus asuntos y que ya me buscara,
cuando no tenga nada que hacer.
Eso está muy bien -me digo- podría ser peor.
Para hoy, necesito una camisa limpia y
planchada.
Consigo una camisa a cuadros que no está tan
sucia y cuando quiero plancharla es el momento en el que la plancha de vapor…
se la he prestado a un vecino.
¿Cuál es la hora límite, socialmente impuesta,
para pedir algo que has prestado?
Podría usar un suéter.
Hoy serán, como mínimo, 29 grados temperatura.
Aplicaré el viejo truco de bañarme con agua muy
caliente y dejar que el vapor desarrugue la camisa; pero odio el agua caliente.
¿Habrá agua caliente?
¿Cuándo fue la última vez que compré el gas?
Podría preguntarle; pero ella está por ahí,
ocupada en sus asuntos y ya me buscara, cuando no tenga nada que hacer.
Creo que lo entiendo, esta es la peor amenaza
que vivimos las personas.
Las cosas se rinden antes que nosotros y
pasamos a través de ellas que siguen clínicamente indiferentes.
Es más.
Antes que las cosas, se han rendido las ideas,
el otro, la calma, la salud.
Antes que las cosas, se ha rendido el tiempo
que teníamos por delante.
Tomaré un café, la cafetera funciona.
Haré como hace este día :
I N D I S P O N I B I L I D A D.
Omar Alej.

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