Llamarse Omar.

 

Es prueba de respeto… Por sí mismo… El estarse muriendo de ganas de que lo llamen a uno por teléfono y darse el gustazo de no responder, es prueba de respeto por sí mismo […]

La vida exagerada de Martín Romaña. Alfredo Bryce Echenique.


Me dijo que se había hartado de llamarse Omar. No se lo había preguntado. Y me dijo que no había empezado a ir sin nombre por su viejo barrio sino hace dos días. Todo esto con resultados, todavía, imprecisos. No soy tan joven; pero no tengo referencias de lo que debo hacer cuando alguien viene y de golpe me cuenta que llamarse Omar -mientras pudo soportarlo, le había servido de la misma manera en la que cualquier nombre le sirve a un hombre. Según él, para destruirlo del todo y dejarlo en tales condiciones de absoluta confusión y negligencia. De un modo tal que, si un día existió su yo verdadero, le vendría una tremenda picazón en la palma de las manos intentando recordarse a si mismo. Como si de un síndrome de abstinencia se tratase. El viejo nombre de Omar lo llevaba arrastrando toda la vida que antes no consiguió sentir suya. Y esto podría sonar a la fuerza de un hombre ejercida sobre otro hombre más débil; pero su condición de prisionero no era la opresión del otro sobre él no él, sino las facultades que odiaba que Omar tuviera porque le venían en conjunto con el nombre. Hombre, niño, señor, chica, mujer o mascota. Omar lo tenía reventado y lleno de razones, para empezar a no llamarse de ninguna otra manera.

Realmente asumió que, si dejaba de ser, siendo el que no era, podría llegar a ser todo lo que estuviera a su alcance. A modo de alguien que ha comprado un boleto de lotería, parecía tener un plan objetivo de lo que haría con su nueva suerte. Si era el primero o el ultimo, en la lista de personas que se deciden a no tener nombres, eso no lo sabrá y en su estado actual no haría ninguna diferencia. Quizá la ultima frontera de la desesperación es la conspiración contra uno mismo.

What is your name? I’m not name. Repite a quien pasa y se detiene a mirar que algo le falta a este que hasta hace muy poco era Omar: un típico imbécil, bastante prescindible.

A mí es que me pone muy nervioso ¿Cómo se llega a saber lo que uno pierde al dejar de tener su nombre? ¿Qué ganancia contrastada tienen ninguna voluntad?  No es esta cosa de querer llamarse de otra manera. Cambiarse el nombre por otro es cotidiano, digamos. Dejar de llamarse, podría implicar no poder regresar a ser alguien. Los chicos como yo, niños pobres de provincia, fuimos educados para honrar a nuestros padres. Qué afligida estaría mi mamá si algún día le dijera “Madre, no llevaré más el nombre ese que elegiste, para mí”. Casi estoy seguro de que me lo haría tatuar en la frente, para dejarme en claro quien manda aquí. Madre tiene como dos mil años más que yo y sabe que sin llamarme como me llamo, me olvidaría -por ejemplo, de que yo no soy el dueño del hotel Quinta Real en Aguascalientes, como mínimo.

Ser un Omar que ya no era, no puedo decir qué fuera interesante. Por principio, no parecía nada más que una excentricidad. Hay hombres que van descamisados porque sus físicos son envidiables. Hay personas que se tiñen el cabello, se cambian el color de sus ojos con lentillas, pasan por el quirófano, para minimizar algún rasgo que consideran un defecto. No lo sé, se dice que cada cabeza es un mundo y se ignora que un mundo, para cada uno, es haber perdido la cabeza. Quizá después de unas semanas se podría hacer un balance entre los pros y los contras; pero sin duda hay algo en su elección que empezó a ser un fastidio, para los demás. Como en casi cualquier cosa que en un inicio hace gracia, te diría.  No tener nombre no implica que ahora puedes ser quien tú quieras ser, igualmente que tener nombre no implica que entonces ya no serás otro. En estos pequeños detalles es donde la ilusión de tantos se vuelve el pesar de muchos otros. Este miserable sin nombre. Lejos de ser aquel Omar temeroso que -me imagino, un día fue, se volvió un bicho impresentable que de momento iba subiendo la escalera del hijoputismo a gran velocidad. O así me lo pareció, cuando vi que venían a por él un grupo de hombres con nombre propios.

Un tal Lucero -alcancé a escuchar, que lo maldecía, por haber ido a la escuela de su hijo y decirle a la maestra de su hijo Luciano que ¿Quién era ella, para mostrarles un cráneo y enseñarles que es así como somos todos realmente? Lo tomó por el cuello y hubiese querido estrangularlo ahí mismo; pero Claro su nombre era Lucero y no lo relacionaba con ser llamado, además, asesino de tarados. En el grupo el enojo parecía intercambiable. Ahora tú y después yo, según qué cosa se podía entender que iban contando; que este sin nombre había hecho en el nombre de su nueva libertad. Eran siete u ocho, verdaderos dispositivos de detonación activados. Yo no me habría quedado más tiempo a ver aquello. Suelo rechazar las opciones a que mi nombre se vincule con algún tipo de confrontación. Ya sabemos que la civilización es un barniz que en lo nuestro salta muy pronto. Sin embargo, escuché que una de las amenazas provenía de uno que dijo ser Alejandro y que ese había sido el segundo nombre del sin nombre.  Pensé que yo también tenía -en algún sitio, algún tocayo que contaba conmigo y confiaba en mí, para esa noble tarea; pero lo que era más una trifulca, un barrial ajuste de cuentas, se tornó en un baile de máscaras a plena luz del día. Y el surrealismo mal condimentado ahí lo vemos, no son los niños que dicen que son niñas, sino las mujeres que dicen que son brujas.

Pero el más afectado. Era Alejandro. Llevaba con él una soga, porque Alejandro ata a aquellos que pasan por encima de él. Y, además, sin maldecirlo, convirtiendo cada palabra que salía de su boca en una invocación de todo aquello que ya no era Omar; pero que fue cuando fue Omar. Todo lo que me han contado que sucede en cualquier barrio del mundo estaba sucediendo. Justo como en cualquier barrio del mundo, por otro lado. Motivado porque un miserable se nos convirtió en un fantasma de un momento a otro. Y aunque ya no era Omar y era verdad que podía haber dejado de serlo. No iba a ser posible dejar de haberlo sido. Aun peor, la memoria de los demás se le volvió en contra. Si bien es verdad que su reputación no gozaba de buena salud, ahora mismo estaba desposeído de nombre, de virtud y de toda capacidad de generar empatía. No era una cuestión de Ni amo Ni esclavo. Como mucho se podía identificar similar a ¿Quién es el culpable?

Si era cierto que antes de quitarse el nombre, Omar, había bebido hasta desconocer a su tocayo Alejandro y robado las llaves de su coche y conducir borracho y atropellar al perro de Coral, la hermana de Alejandro. Pues no lo sé. Todavía me llamo como me llamo y no tengo interés en más contracultura que los Cocteau Twins o Dinosaur Jr.

 

Omar Alej.

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