La verdad.

 

La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados.

Escribir un cuento. Raymond Carver.


Aquello era un fastidio; pero no me fio de estarla pasando mal porque tampoco me fio de estarla pasando bien. Además, todo era risas y bailes y canciones y teníamos los tactos encendidos. Los colores de la costa -después de atardecer, nos pintaban una alternativa imposible a nuestras vidas y a nosotros mismos ¿los chicos pobres de provincia, cuánto tiempo podemos sostener las ilusiones sin convertirnos en viles tarados? La cercanía que da el tiempo con los hechos y la forma en la que el impulso de recordar me engaña ahora y me maquilla la voz durante un momento. Sigo pegando en mi mente las letras que serán palabras, sin ánimo, a sabiendas de que la bruma a veces ni el sol la disipa. Aquella no era la lujuria habitual que suele enmarcarse en la carne como un contorno de barniz pegajoso y fructífero. Nos tocábamos unos con otros y era como si al tocar al otro nos tocáramos a nosotros, de algún modo en conexión con los mitos del sexo y la libertad. Lo estoy diciendo y estoy pensando que no sé porque he dicho que aquello era un fastidio; pero dentro de los actos que suelen interpretarse como lúdicos y fraternales, también podemos estar estando solos. Y yo estaba ahí, como estoy hoy aquí, más pendiente de la mañana que sería al otro día que de aquel atardecer, despegando de la costa de Guerrero.

Ya no tenía trabajo e intentaba estirar el dinero que me dieron al despedirme de la carnicería en la que había trabajado tres años como responsable de los inventarios. Apenas una semana antes no hubiera fantaseado con un viaje la playa; pero los despidos no contemplan lo que somos y mucho menos lo que queremos. Los despidos son una bomba nuclear consensuada y en nuestras narices. Sería por eso que -como respuesta, hice algo que no pensé en hacer. Viajar me disgusta, la sola idea de ir a ninguna parte me genera dolor de cabeza, arcadas y agresivos silencios. Y realmente me gustaba despertarme temprano y prepararme, para ir a trabajar. Sé que debería de darme pena admitirlo; pero me gustaba lo que hacía, la sutil jerarquía con la que unos cuantos vivos estábamos ahí manipulando los cadáveres de aquellos animales. Día a día y recibiendo un dinero a cambio de eso, me hacía sentir algo que yo de niño creía que sentían los adultos. Además, pensar que uno ha crecido es algo que solo pasa en apariencia, porque creemos que hemos dejado de ser unos críos porque ya creíamos que así sería; pero en realidad todos tenemos dudas al respecto. Entonces no por mi propia voluntad me hubiera subido a un autobús, para alcanzar a unos viejos amigos en sus vacaciones de verano. Y estando ahí, de vacaciones; pero desempleado, me percaté que la norma es ir de vacaciones si tienes trabajo. Lo contrario ¿qué es?  

Y yo no tenía trabajo, que era algo molesto. Molestia del tipo sentir hambre dentro de una iglesia; pero otra consecuencia de mi falta de optimismo, era que persistentemente sabía que ya no me iba a volver a lavar las manos de aquella seductora manera después de una jornada de siete horas; que había empezado a las cinco de la mañana ¿Y si mi vinculo con el olor, y la sangre, y las vísceras, y los ojos muertos, se ha enquistado de tal modo en mi existencia que no puedo ni beber agua sin ponerme a pensar en lo que es? Quise seguir el relato que por aquellos días la gente me sugería. Vendría algo mejor, ahora podría hacer tantas otras cosas, y los cambios son siempre buenos. Qué bajo me sentía por querer ser yo quien despedía a alguien más. La trama de la envidia me había implicado en abolir la esperanza, cualquiera que fuera, y este nuevo orden de maravillas por venir me resultaba agobiante. Tantas veces la primera taza de café del día era una victoria tal que no importaba la acidez que le sucedía.

Pero la marea del subidón de los amigos cobijando nuestros miedos, también baja. Y también se vuelve un líquido denso por el cual remar se vuelve interminable. Yo me habría querido despedir en buenos términos; pero no tengo el no que los especialistas de la salud mental dicen que uno debe tener. Y la ingratitud de la que yo hubiera acusado a cualquiera en mi situación -que hubiera hecho lo que le daba la real gana, me retuvo con ellos y hasta me exigió vociferar junto con ellos que éramos los reyes del mundo. El problema fue que no soy populista y que estoy desengañado. No pude continuar pensando que todo iba a estar bien, después de todo. Como he dicho, aquello era un fastidio.

Afortunadamente el ruido siguió subiendo, la embriaguez y las perversiones se fueron liberando, y llegó la policía. En medio de una tremenda hipocresía pop “Mientras uno está vivo uno debe amar lo más que pueda” surgió el primer brote de un árbol sin consecuencias. Quizás alguno destacó que no había problema, que estábamos por irnos (que creo que no era así) y que perdón por las molestias; pero yo no. Yo era uno de ellos, de mis amigos, y quería castigarlos porque ellos no serían yo. Y escupí la cara de uno de los tres policías y me giré buscando al otro mientras gritaba que eran unos putos cerdos que se podían ir mucho a la mierda. El primer golpe que recibí fue lo mejor de aquel viaje a la playa y lo único verdadero: “Animales muertos en las planchas del mundo, aquí estoy y seré uno de ustedes.” La vida cuando nos quiebra además quiere nuestro Shakespeare particular, que nunca llega a ser el evangelio de Mateo. Así que entre apologías al descontento social y titulares del Alarma! Me cubrieron de golpes y maldiciones y fue tanto el castigo que recibí que ni siquiera pude apreciar el dolor, sino que me sentí sin rastro de fuerza. En ese momento no pude pensar que antes estaba mejor. Cualquier contemplación de cómo son y eran las cosas, se diluyó en sentir que no podía sentir nada más allá del setenta por ciento de agua de mi cuerpo.

Así que si vengo a estas platicas, a estos grupos de apoyo, para personas con problemas con la bebida, con las drogas, con la ira o con el juego. No lo hago porque crea que un día voy a mejorar o porque piense que no he sido comprendido y que en realidad padezco una enfermedad. Si vengo es porque aquella noche, cuando mis amigos salieron huyendo y los policías me dejaron ahí tirado, sintiéndose satisfechos o temerosos por haberse excedido, y yo pude volver en mí, pensé que todo aquel esfuerzo, viajar, beber, reír, cantar, bailar, besar y tocar, era demasiado, para conseguir a cambio tan solo unos cuantos golpes que me devolvieran la verdad. Me han dicho que aquí, casi todos están bien sin ningún tipo de sentido. Me han dicho que soy uno de ustedes porque soy uno que ha dejado de ser.

 

Omar Alej.

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